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SPV (Special Purpose Vehicle)

Sociedad instrumental para sus proyectos

La SPV permite separar un proyecto concreto, su patrimonio, su financiación y sus riesgos del resto del grupo empresarial. Según el Derecho checo, la sociedad instrumental se utiliza habitualmente en el desarrollo inmobiliario, la financiación de proyectos o en inversiones conjuntas de varios inversores, y suele tener contabilidad y obligaciones propias. El artículo explica cuándo tiene sentido una SPV, cómo financiarla y qué riesgos legales y fiscales conviene tener en cuenta.

En la imagen se muestra un experto en sociedades instrumentales para sus proyectos.

¿Qué es una sociedad SPV?

SPV (Special Purpose Vehicle) significa literalmente vehículo de propósito especial. En el ámbito empresarial, con este término designamos a una sociedad creada para un fin específico, normalmente por iniciativa de otra empresa «matriz». La SPV no tiene un plan de negocio universal: se crea exclusivamente para un proyecto o finalidad concreta. Desde el punto de vista jurídico, patrimonial y financiero es una entidad independiente con estructura y contabilidad propias. Esto significa que la SPV no es una simple división o sucursal de su empresa, sino una sociedad separada (normalmente una filial) que queda fuera del balance de la sociedad matriz y gestiona sus propios recursos. El objetivo es que las eventuales ganancias y pérdidas vinculadas a ese proyecto queden «encerradas» dentro de la SPV y no afecten a la estabilidad financiera del fundador ni de otras empresas del grupo.

¿Cómo funciona la SPV en la práctica? Al constituir una SPV se elige la forma jurídica adecuada; la más habitual es la sociedad de responsabilidad limitada (s.r.o., equivalente checo de la sociedad de responsabilidad limitada), por su constitución sencilla y relativamente barata. No obstante, no se trata de un tipo especial de sociedad según la ley, sino más bien de una denominación de su finalidad. La SPV cuenta con su propia dirección y administradores, que gestionan el proyecto de forma independiente de la empresa matriz. Solo desarrolla la actividad para la que fue creada y no puede mezclar en sus actividades nada ajeno a ese marco; así conserva su «pureza» para el fin previsto. La financiación de la SPV puede proceder de la sociedad matriz (por ejemplo, capital social o un préstamo), de inversores externos o de un préstamo bancario. Con frecuencia son precisamente los bancos quienes exigen la creación de una SPV cuando van a financiar un proyecto de mayor envergadura, ya que quieren tener la certeza de que los fondos prestados se destinan solo a esa operación y pueden estar garantizados con activos concretos de la SPV. En el caso ideal, la SPV funciona de manera totalmente autónoma: si el proyecto tiene éxito, el beneficio fluye a los inversores de la SPV; si el proyecto fracasa, la empresa matriz no pierde el resto de su patrimonio.

¿Cuándo se utiliza la SPV en la práctica?

La SPV se aplica en una gran cantidad de situaciones en las que es necesario separar una determinada actividad del resto del negocio. A continuación, presentamos los ejemplos de uso de la SPV más frecuentes; puede que se reconozca en alguno de ellos:

  • Inversión en startups y empresas: En el ámbito del capital riesgo y las inversiones ángel, la SPV se utiliza a menudo para agrupar (pooling) capital. En lugar de que decenas de inversores entren en una startup de forma individual, se constituye una SPV en la que todos aportan dinero, y la SPV realiza una única inversión conjunta en la empresa objetivo. Para los inversores esto supone una estructura más sencilla: al final figuran como copropietarios de la SPV, que a su vez posee una participación en la startup. Este «vehículo de inversión» permite que también los inversores más pequeños accedan a una participación en la empresa, y el fundador de la startup trata formalmente solo con un único accionista (la SPV). Un principio similar se emplea también en fondos o proyectos inmobiliarios en plataformas de inversión, donde la SPV canaliza la inversión y reparte los rendimientos entre los partícipes.

  • Proyectos de desarrollo inmobiliario y construcción: El desarrollo inmobiliario es uno de los usos más frecuentes de la SPV. Por ejemplo, si un promotor planea construir un complejo residencial, constituye para ese proyecto una s.r.o. independiente (SPV). En ella aporta los terrenos y a través de ella financia la construcción. Los riesgos de la obra —por ejemplo, un sobrecoste o una venta fallida— recaen entonces solo sobre la SPV, no sobre el resto de proyectos del promotor. En caso de problemas, quebraría únicamente esa SPV, mientras que la empresa promotora matriz sigue funcionando. La SPV en el desarrollo inmobiliario también facilita la entrada de inversores (pueden obtener una participación solo en ese proyecto concreto) y permite que el banco financiador tome como garantía el proyecto en cuestión (el banco recibe como garantía el patrimonio de la SPV, sin tocar los activos de la matriz).

  • Financiación de proyectos e infraestructuras: En grandes proyectos de infraestructuras (por ejemplo, la construcción de una autopista en el marco de una colaboración público-privada, una central eléctrica o un parque solar) es habitual constituir una SPV como sociedad del proyecto. En ella pueden participar varios socios mediante una joint venture, cada uno con una participación según su inversión. La SPV celebra entonces los contratos y asume las obligaciones del proyecto, como préstamos bancarios o garantías frente al Estado. Compartir una única SPV permite repartir el riesgo entre los socios y las entidades financiadoras. Además, resulta transparente: todos los ingresos y gastos del proyecto pasan por la SPV, lo que facilita el control y la evaluación de la economía del proyecto. Si el proyecto sale bien, los socios se reparten el beneficio de la SPV; si no, las pérdidas se limitan al capital aportado y a los activos de la SPV.

  • Protección del patrimonio y diversificación del negocio: Algunos empresarios constituyen sociedades independientes para distintas partes de su negocio. Con ello reparten los riesgos: los problemas en un área no ponen en peligro otros activos. La SPV es adecuada cuando se plantea una expansión hacia un nuevo sector o un proyecto de resultado incierto. Por ejemplo, gestiona una empresa consolidada y quiere probar un nuevo servicio innovador. En lugar de operarlo bajo la empresa original, constituye una SPV y lo prueba en ella. Si no funciona, la empresa matriz no sale perjudicada. La SPV también ayuda a mantener la confidencialidad: el nuevo proyecto se puede ocultar tras una SPV con un nombre discreto, lo que dificulta que la competencia descubra en qué está trabajando. Por último, la SPV también puede servir para la compraventa de activos: por ejemplo, si un inversor compra un inmueble con el fin de reformarlo y venderlo, puede mantenerlo dentro de una SPV y después vender directamente toda la sociedad. Con ello evita algunos impuestos sobre la transmisión del inmueble, ya que solo se grava la plusvalía derivada de la venta de la participación en la empresa (en algunos casos, incluso, tras cierto período de tenencia por una persona física, se aplica la exención del impuesto sobre la renta).

Esquema: motivos habituales para crear una SPV. A partir de los ejemplos anteriores se observa que la SPV suele constituirse bien para compartir el riesgo con otros inversores, para separar y financiar activos (por ejemplo, la titulización de créditos o préstamos), o para facilitar la transmisión o venta del patrimonio dentro de una optimización fiscal. La SPV es, en definitiva, una herramienta práctica: permite a los empresarios llevar a cabo planes ambiciosos que de otro modo quizá no se atreverían a emprender, y ofrece a los inversores la posibilidad de participar en proyectos concretos sin afectar al resto de las empresas del fundador. No es de extrañar, por tanto, que el uso de la SPV crezca en el mundo; por ejemplo, la plataforma Carta informa de que el número de nuevas SPV constituidas entre 2019 y 2024 aumentó un 116 %.

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Ventajas de la SPV para empresarios e inversores

La creación de una sociedad instrumental aporta una serie de ventajas que pueden resultarle muy atractivas como empresario o inversor:

  • Separación y limitación del riesgo: El principal beneficio es que el riesgo del proyecto permanece dentro de la SPV. Así, ni su empresa matriz ni su patrimonio personal se ven amenazados por el fracaso del proyecto. La SPV funciona como una entidad «resistente a la quiebra»: si la SPV quiebra, el resto del grupo sobrevive. Y también funciona a la inversa: si su empresa principal entrara en dificultades, los proyectos de la SPV siguen funcionando sin verse afectados.

  • Financiación más sencilla y participación compartida en las inversiones: Gracias a la SPV puede incorporar a otros inversores al proyecto, ya sea mediante una aportación de capital o préstamos. La SPV permite compartir el riesgo con los socios: cada uno invierte solo lo que está dispuesto a arriesgar. Además, los bancos y las entidades financieras suelen preferir financiar proyectos individuales a través de sociedades independientes, para tener una garantía clara (el patrimonio de la SPV como colateral) y poder asumir con facilidad el control del proyecto si surgen problemas. Esto puede aumentar las posibilidades de obtener un préstamo o una inversión para un proyecto ambicioso que, sin una estructura separada, de otro modo no sería posible.

  • Gestión independiente y flexibilidad: En la SPV puede configurar su propio equipo y procesos dedicados al proyecto. No es necesario sobrecargar las estructuras de la sociedad matriz: la SPV opera de forma independiente, rápida y ágil, atendiendo solo a su finalidad. Esto se agradece cuando la empresa principal tiene una burocracia corporativa o una cultura distinta. La SPV permite construir una «startup dentro de la corporación» con presupuesto y decisiones propios. Con ello aumenta la probabilidad de innovación y éxito del proyecto.

  • Protección del know-how y competitividad: Como hemos mencionado, la SPV puede utilizarse para mantener en secreto proyectos en preparación. Nuevas ideas, prototipos o adquisiciones pueden ocultarse tras una entidad discreta, de modo que la competencia no descubra de inmediato sus planes. Si la SPV no utiliza un nombre fácilmente identificable ni un vínculo evidente con su grupo, puede pasar desapercibida hasta el momento del lanzamiento del proyecto al mercado. Este anonimato estratégico puede darle ventaja.

  • Optimización fiscal y jurídica: La SPV también puede constituirse en otras jurisdicciones, o estructurarse de modo que se beneficie de un régimen fiscal más favorable. Por ejemplo, algunos inversores internacionales ubican sus SPV en países como Luxemburgo por sus menores impuestos sobre los rendimientos. Además, ciertas operaciones pueden resolverse de forma más eficiente a través de una SPV; por ejemplo, la mencionada venta de un inmueble mediante la venta de la sociedad, en lugar del bien en sí, puede suponer un ahorro en impuestos y tasas. La SPV también facilita la transmisión del proyecto: cuando quiere vender el proyecto a un inversor estratégico, simplemente le vende la participación/las acciones de la SPV y él adquiere todo el «paquete» del proyecto de una sola vez.

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JUDr. Jakub Dohnal, Ph.D., LL.M.

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Desventajas y riesgos asociados a la SPV

Aunque la SPV ofrece ventajas atractivas, es justo mencionar también posibles escollos y riesgos. ¿A qué debe prestar atención?

  • Mayor carga administrativa y costes: Constituir y gestionar una nueva sociedad conlleva trámites y obligaciones legales y contables adicionales. Debe llevar contabilidad, presentar declaraciones fiscales y vigilar el cumplimiento de las obligaciones legales, todo ello específicamente para la SPV. Esto cuesta tiempo y dinero (notario, tasas, eventual gestión contable). Una desventaja general de la SPV puede ser, por tanto, un mayor coste administrativo. Por ello, en proyectos pequeños, una sociedad independiente puede no resultar económicamente rentable.

  • Mayor dificultad de acceso a la financiación para la SPV: Una SPV recién constituida no tiene historial ni calificación crediticia, por lo que conseguir un préstamo solo a su nombre puede ser difícil. En la práctica, los bancos suelen exigir que la sociedad matriz garantice el préstamo o aporte avales. Pero esto anula en parte la ventaja del aislamiento del riesgo: si usted debe responder personalmente o con el patrimonio de su empresa por las deudas de la SPV, los acreedores igualmente pueden dirigirse contra usted si la SPV falla. Además, los inversores pueden percibir la SPV como menos fiable que una empresa consolidada, por lo que el coste del capital (por ejemplo, el interés o la participación exigida por el inversor) puede ser más alto. En definitiva, la SPV no tiene la misma solvencia que su patrocinador (el fundador).

  • Necesidad de respetar la finalidad y las reglas: La SPV no debe convertirse en un «cajón de sastre» para problemas ni en un instrumento de fraude. Como advierte la historia del caso Enron, el uso indebido de una SPV para ocultar deudas o manipular la contabilidad puede tener consecuencias fatales. Por ello, hoy en día los reguladores y los inversores vigilan de cerca si la SPV cumple realmente su finalidad declarada y si no se esconden obligaciones fuera del balance oficial. Si utilizara la SPV de forma ilegítima (por ejemplo, trasladando a ella pérdidas solo para mejorar los resultados de la matriz), se expone a sanciones legales y a un daño reputacional. Cuidado también con mezclar actividades: la SPV no debería realizar otras actividades distintas de aquella para la que fue creada. De lo contrario, puede producirse una ruptura del aislamiento (el llamado levantamiento del velo societario, cuando un tribunal declara que la SPV es meramente formal y traslada las obligaciones al fundador).

  • Menor control (para el fundador) y liquidez (para los inversores): Si incorpora a la SPV a otros inversores o socios, debe contar con que no tendrá el control total que tenía antes. En una empresa conjunta, las facultades de decisión se reparten según las participaciones o los contratos. Esto puede generar conflictos si los roles y las reglas no están claramente definidos. Para los inversores más pequeños, en cambio, la participación en la SPV puede ser más difícil de vender (poco líquida), especialmente si no se trata de una empresa que cotice en bolsa. La inversión en un proyecto concreto a través de una SPV suele ser a largo plazo y no resulta fácil salir antes de su finalización si no encuentra comprador para la participación.

  • Percepción negativa e incertidumbre regulatoria: Algunos escándalos conocidos (como el mencionado caso Enron) han proyectado una imagen negativa sobre las SPV. Los inversores pueden mostrarse recelosos al oír que una empresa tiene muchas entidades fuera de balance. Por ello, es importante comunicar con transparencia por qué constituye una SPV y qué vínculos tiene. Además, la legislación evoluciona: cambios en las normas contables o en las leyes pueden limitar el uso de las SPV o reducir sus ventajas. Lo que hoy es válido (por ejemplo, beneficios fiscales en un determinado país), puede no serlo dentro de unos años. Conviene tenerlo en cuenta a largo plazo.

Consejos prácticos para constituir y gestionar una SPV

Si está considerando utilizar una SPV para su proyecto, aquí tiene algunas recomendaciones prácticas que no debería pasar por alto:

  1. Evalúe si la SPV tiene sentido: No toda actividad requiere una sociedad propia. Valore la relación entre costes y beneficios: en un proyecto pequeño, puede resultar más rentable llevarlo a cabo bajo una empresa ya existente, para ahorrar en administración. Por el contrario, en proyectos más grandes y de mayor riesgo la SPV suele ser una solución adecuada. En general: siempre que planee un nuevo proyecto con costes elevados, financiación externa o riesgo aumentado, vale la pena valorar una SPV.

  2. Involucre a expertos y planifique la estructura: Ya desde la fase inicial es aconsejable consultar con un abogado y un asesor fiscal. Le ayudarán a elegir la forma jurídica óptima de la SPV (s.r.o., sociedad comanditaria, entidad extranjera, etc.) y a definir las relaciones con la sociedad matriz o los inversores. Regule contractualmente aspectos como la participación en los beneficios, la forma de financiación, la responsabilidad por las obligaciones y los mecanismos de toma de decisiones dentro de la SPV. Una buena preparación de la estructura corporativa evita conflictos y confusiones en el futuro.

  3. Vele por la separación y la transparencia: Una vez constituida la SPV, mantenga una separación estricta respecto de su empresa principal. No mezcle innecesariamente patrimonio ni obligaciones; lo ideal es que la SPV no tenga más obligaciones que las relacionadas con el proyecto. Todas las transacciones entre la sociedad matriz y la SPV deben realizarse en condiciones de mercado y estar debidamente documentadas. Llevar una contabilidad separada es imprescindible. Así se asegurará de que, en caso de una inspección (o, en el peor de los casos, un litigio judicial), pueda sostener con éxito que la SPV era realmente una entidad independiente. Para los inversores vale este consejo: siempre revise los estados financieros de la SPV antes de invertir en el proyecto; no debería confiar únicamente en la solidez de la empresa matriz. La prudencia merece la pena para tener una imagen clara de en qué está invirtiendo su dinero.

  4. Asegure la financiación y valore las garantías: Defina cómo estará capitalizada la SPV. Un capital social suficiente o una inversión inicial de los socios aumentará su credibilidad. Si planea un préstamo bancario, negocie las condiciones para minimizar la necesidad de garantías por parte de la empresa matriz. A veces no es posible evitarlo por completo, pero incluso una garantía parcial limitada a activos concretos es mejor que un aval en blanco por toda la matriz. Recuerde que el objetivo de la SPV es protegerle a usted; no elimine esta ventaja con garantías innecesarias. Si aun así debe otorgar una garantía, valore alternativas (por ejemplo, una aportación propia mayor, incorporar a un inversor, etc.).

  5. Planifique el ciclo de vida de la SPV: Tenga presente que la SPV no es inmortal. Debe servir durante la vida del proyecto. Ya desde el principio conviene pensar en la estrategia de salida: ¿qué ocurrirá con la SPV una vez cumplida su finalidad? ¿Se disolverá (liquidación, cancelación registral)? ¿La venderá junto con el proyecto a un inversor estratégico? ¿O la conservará para futuras fases? Cada opción tiene consecuencias jurídicas y fiscales. Por ejemplo, disolver la sociedad requiere un liquidador y cierto tiempo. La venta, a su vez, puede tener implicaciones fiscales (como se ha mencionado antes). Si sabe de antemano hacia dónde se dirige la SPV, tomará mejores decisiones a lo largo de su funcionamiento.

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Conclusión: ¿merece la pena la SPV y qué hacer a continuación?

La sociedad SPV puede ser una herramienta poderosa para empresarios e inversores a la hora de llevar a cabo grandes planes con un riesgo limitado. Le permite embarcarse en proyectos que de otro modo quizá no se atrevería a acometer, ya sea por preocupación por el presupuesto de la empresa o por la necesidad de involucrar a varios socios. Al mismo tiempo, ofrece un marco claro para la financiación y la gestión del proyecto, algo que también valoran los bancos y los inversores. Pero, como todo, la SPV tiene sus dos caras. Es necesario contar con cierta complejidad adicional y vigilar que la SPV haga realmente lo que debe (y nada más). Si está considerando constituir una SPV para su proyecto, hable con expertos: un abogado experimentado o un asesor financiero le ayudará a configurarlo todo correctamente desde el principio y le advertirá de los posibles escollos. También estaremos encantados de asesorarle sobre si en su caso concreto la SPV realmente merece la pena, o si existen caminos más sencillos. No olvide que se trata de su negocio y sus inversiones: merece la pena tomarse tiempo para reflexionar a fondo y consultarlo. Éxito para los proyectos audaces, ¡y que la SPV le sea de gran utilidad!

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Sobre el autor

JUDr. Jakub Dohnal, Ph.D., LL.M.
JUDr. Jakub Dohnal, Ph.D., LL.M.

Abogado, socio director

Jakub Dohnal es abogado y socio director de ARROWS. Se dedica a la venta de empresas, la entrada de inversores en el capital y a las transacciones inmobiliarias —generalmente del lado del propietario que vende una empresa cuyo valor ha construido durante años y necesita que la transacción se complete en las condiciones acordadas.